Tantísimas cosas tendrían que aparecer en la agenda —siempre nueva y vieja— de la Iglesia y de los católicos  a partir de ese grito que es la reciente encíclica del Papa Francisco, Laudato si’ (un título no en latín, como suelen ser los de las encíclicas, sino en dialecto umbro, el que hablaba San Francisco de Asís y en el que compuso ese poema que empieza así justamente: Alabado seas…). Es un profundo diagnóstico de las enfermedades de la sociedad actual —no solo las del medio ambiente— y una formidable llamada de atención que solo se me ocurre calificar con una palabra: magnánima.

Por ahora solo dejaré aquí el número 47 de la encíclica, por ser sobre un tema ligado a los contenidos de este blog: la comunicación. Y en concreto, la comunicación digital.

Las dinámicas de los medios del mundo digital (…), cuando se convierten en omnipresentes, no favorecen el desarrollo de una capacidad de vivir sabiamente, de pensar en profundidad, de amar con generosidad. Los grandes sabios del pasado, en este contexto, correrían el riesgo de apagar su sabiduría en medio del ruido dispersivo de la información. Esto nos exige un esfuerzo para que esos medios se traduzcan en un nuevo desarrollo cultural de la humanidad y no en un deterioro de su riqueza más profunda.

El diagnóstico es claro: estos medios, como toda herramienta, no son buenos ni malos. Depende del uso que se les dé. Y por tener tanto alcance, podrían permitir un “nuevo desarrollo cultural”. O todo lo contrario. Y resuenan esos versos de T.S. Eliot: “Where is the wisdom we have lost in knowledge? / Where is the knowledge we have lost in information?”

La verdadera sabiduría, producto de la reflexión, del diálogo y del encuentro generoso entre las personas, no se consigue con una mera acumulación de datos que termina saturando y obnubilando, en una especie de contaminación mental. Al mismo tiempo, tienden a reemplazarse las relaciones reales con los demás, con todos los desafíos que implican, por un tipo de comunicación mediada por internet. Esto permite seleccionar o eliminar las relaciones según nuestro arbitrio, y así suele generarse un nuevo tipo de emociones artificiales, que tienen que ver más con dispositivos y pantallas que con las personas y la naturaleza.

Si estos medios no privilegian —o pero aún, si impiden— nuestro trato con los demás cara a cara, el disfrutar un buen libro, dar un paseo por el campo o por una parte bonita de una ciudad… entonces es cuando han dejado de ayudarnos a vivir y han empezado a sustituir nuestra verdadera vida. Las redes y los medios digitales en apariencia simplifican lo que en esencia es complejo: las relaciones humanas. Y eso, cuando no riesgoso, es al menos muy reduccionista. Así lo dice Francisco:

Los medios actuales permiten que nos comuniquemos y que compartamos conocimientos y afectos. Sin embargo, a veces también nos impiden tomar contacto directo con la angustia, con el temblor, con la alegría del otro y con la complejidad de su experiencia personal. Por eso no debería llamar la atención que, junto con la abrumadora oferta de estos productos, se desarrolle una profunda y melancólica insatisfacción en las relaciones interpersonales, o un dañino aislamiento.

Se explica que un uso de internet y redes sociales sin límites ni criterio alguno lleve justamente a lo contrario de lo que dice su nombre: socializar. Algunas personas ya han hablado de qué hacer al respecto, yo mismo recogí algunas ideas en este blog hace unos años. Desde luego, si pretendemos que nuestra relación con nuestro entorno, tanto humano como ambiental, aporte algo a nosotros y a los demás este es un tema pendiente. Y es solo uno de los 246 puntos de la encíclica.

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Nadie discute a día de hoy que dos de los cineastas más innovadores y exigentes en activo son los mexicanos que titulan este post. El director Alejandro G. Iñárritu y el director de fotografía Emmanuel “El Chivo” Lubezki son hoy oscarizados y reconocidos artistas independientemente de su nacionalidad, y sus proyectos levantan unas expectativas enormes. La pretenciosa pero no por eso menos rompedora Birdman arrasó con los premios de la industria, incluyendo sendas estatuillas doradas para El Negro y El Chivo, como se refieren a ellos muchos mexicanos, con orgullo y familiaridad.

Y su nuevo proyecto juntos, The Revenant, protagonizado por Leonardo DiCaprio y Tom Hardy, aunque se estrenará a finales de año ya está dando mucho de qué hablar. Y es que, de entrada, Iñárritu y Lubezki decidieron que la película simularía una sola toma —como en Birdman— y al grabarla solo se utilizaría luz natural. Lo del plano secuencia (una toma aparente, sin cortes) no fue pues una genial fanfarronada de estos cineastas para su oscarizada tragicomedia; al repetirla en su siguiente proyecto quieren marcar todo un estilo y un nuevo reto. Esto resulta especialmente interesante si se analiza en contraste con los primeros proyectos de Iñárritu (Amores perros, 21 gramos), más bien caracterizados por su estructura y montaje disruptivos: tramas distintas narradas en desorden cronológico creando una sensación de desorden y caos; es decir, como antes enfatizó el montaje ahora prescinde de él al volverlo invisible (lo que, claramente, es mucho más complicado).

El reto, sin embargo, es mucho mayor, pues si la trama de Birdman ocurría en nuestro tiempo y en el interior y alrededores cercanos de un pequeño teatro de Broadway, The Revenant (aquí el trailer) es una película de época, que cuenta la historia real de supervivencia del explorador Hugh Glass (DiCaprio) que tiene que pelear con indios americanos, osos y un clima inhóspito… en plano secuencia y solo con luz natural. Añádase el exigentísimo método de trabajo de Iñárritu —que es de esos directores que no pasa a la siguiente toma hasta que vea exactamente lo que tiene en mente— y claro: el rodaje, dicen, ha sido un auténtico infierno.

La pregunta es si estos dos colaboradores están siendo exagerados, si se les ha subido el ego a la cabeza y buscan hacer complicado lo sencillo… o si son genios, dispuestos a complicarse para conseguir un resultado maravilloso. El resultado lo dirá. Hoy nadie le critica a Kubrick haber filmado Barry Lyndon solo con luz de velas, pero seguro su equipo tuvo muchos motivos para murmurar durante el rodaje. Lo que está claro es que The Revenant no nos dejará indiferentes. Al menos visualmente, pues El Chivo se ha ido pertrechando con la última tecnología. Yo solo espero que la historia esté a la altura, pues es la pega que le puse a Birdman, y que finalmente es lo que hace que una película sea o no memorable.


Cuando empecé a ver Daredevil, la nueva serie original de Netflix basada en el superhéroe de Marvel Comics, no me gustó. Empezaba lenta y obvia. Obvia por un flashback demasiado clásico en el que el pequeño Matt Murdock se quedaba ciego, y lenta porque dedicaba —apenas iniciando— varios minutos al mismo Matt, ya adulto y ciego, confesándose. Más bien hablando en el confesonario: “No pido perdón por lo que he hecho, Padre; pido perdón por lo que estoy a punto de hacer.” Todo indicaba que sería otro personaje al que se metía un momento al confesonario como recurso fácil de exploración interior. Resultó ser bastante más.

El personaje original del cómic siempre fue católico, al principio como un simple rasgo de caracterización (católico irlandés). Además, la paradoja de un demonio religioso funciona bien. Sin embargo, ese aspecto fue explotado para la historia de Matt Murdock en el cómic especialmente desde el número titulado Born Again, escrito por Frank Miller, y que contribuyó al lado oscuro del personaje que lo alejaba un poco de la semejanza con Spiderman y lo acercaba más a Batman. Si la desafortunada película del 2003 protagonizada por Ben Affleck (tiemblen, fans de Batman) solo utilizó el catolicismo del héroe como algo anecdótico —con recurso del confesonario incluido— quedaba la duda de cuán católico sería el Daredevil de Netflix.

Algo podía adivinarse con la elección del protagonista, sin que fuera vinculante ni mucho menos. Charlie Cox, además de tener gran facilidad para ser afable en pantalla, también es católico como ha declarado en varias ocasiones. Incluso fue él quien interpretó el personaje de Josemaría Escrivá, el fundador del Opus Dei, en There Be Dragons de Roland Joffé, a quien personificó de manera muy positiva y acertada, lo cual —dice— fue en empujón para su fe.

Pero volviendo a Daredevil, hete aquí que uno de los mayores aciertos narrativos de esta serie es no solo introducir la fe del personaje de Matt Murdock como parte de la trama, sino hacer que, avanzados unos cuantos capítulos, el conflicto interno del protagonista pivote justamente en su moral católica. (Otro acierto es que el villano, un Wilson Fisk que será monstruoso por sus actos en la historia, sea presentado por primera vez en su lado más humano: nada menos que enamorándose y muy en serio… pero no este el tema). Y a partir de ahí los guionistas aprovechan a fondo el catolicismo de Murdock, lejos de cualquier tipo de proselitismo, sino pensando en la eficacia del conflicto.

Resultan claves las conversaciones de Matt con Fr. Lanthom —el mismo del confesonario del episodio piloto— que llega a ser, en palabras de Matt, “su sacerdote”: un confidente para el personaje (y uno muy práctico para alguien que es superhéroe y tiene una identidad secreta, pues debe guardar el secreto de confesión). La figura de este sacerdote resulta muy positiva. Es un hombre normal, que toma café latte con sus feligreses para hablar de lo humano y lo divino, que se permite bromear con Matt de algún aspecto de la fe, y que no tiene reparo en decirle que ha tenido sus dudas (sobre todo en la interesantísima conversación que tienen los dos sobre la existencia del demonio, con una respuesta que es un gran ejemplo de eficaz storytelling).

Así, la fe del héroe se convierte también en su mayor debilidad: Daredevil no mata (aunque hiere bastante, y la serie no se guarda nada en los momentos violentos),  y ante la necesidad de eliminar a Wilson Fisk (sí, spoiler, pero uno muy predecible) se ve en un dilema que resume muy bien su amigo Foggy: “si lo enfrentas te matará o tendrás que matarlo, lo que para ti, por tu fe católica, es tanto peor”. Y tranquiliza ver que en una serie sobre un superhéroe en pleno 2015, matar a los malos no está justificado en absoluto. Porque es un daño —quizá hasta mayor— para el que mata. Y no solo para el católico Matt; se ve claro también en otro personaje al final de la temporada (y no digo más).

Otros personajes lidian con la fe a su manera. Claire Temple (enfermera personal e interés amoroso del protagonista) le dice a Matt que todo lo que aprendió en la catequesis de los domingos es que los santos y los mártires terminan ensangrentados y solos. No muy sobrenatural, pero toda una advertencia para el protagonista. El propio Fisk declarará no ser un hombre de fe (menos mal), pero acabará contando la parábola del buen samaritano, a su manera (un punto a quien diga en qué se equivoca; comentarios, venga).

Con todo, lo más interesante de esta faceta de la serie es el conflicto interno de Matt Murdock. Ante el deseo de eliminar, de asesinar a los que hacen el mal, y no queriendo perder su alma, le pregunta a Fr. Lanthom si es cierto que, como dice su fe, Dios ha hecho a todos con un propósito. “Entonces, ¿por qué ha puesto al diablo dentro de mí, arañando por salir?”. Y resuena a San Pablo en su segunda carta a los Corintios: me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee. Acto seguido Matt eligirá el símbolo bajo el que defenderá su ciudad. No podía ser otra cosa que un demonio (y daredevil en inglés significa literalmente ‘temerario’: buen nombre, Matt).
Acabo ya. No se piense que esta es una serie pseudoreligiosa de contenidos cristianos. En absoluto. Lo que quise destacar es cómo aprovecha un aspecto del personaje original y lo exprime en función del conflicto dramático. Eso consigue una narración mucho más poderosa (por algo tendrá 9.0 en IMDB) y, aun tratándose de un superhéroe, verdadera.

Escribo esto mientras mis alumnos de Cine ven El acorazado Potemkin, una obra maestra del cine mundial dirigida por Serguei Eisenstein en 1925 (solo por haberla visto varias veces me permito teclear estas ideas distrayéndome un poco de los impresionantes planos de la rebelión del pueblo ruso). La relación no es baladí. La película de Eisenstein es hoy un pilar de la cultura, asombrosa en su calidad artística. Sin embargo, fue encargada por los líderes bolcheviques como una pieza de propaganda comunista. Y el comunismo -creo que se puede decir a día de hoy- no ha sido algo que haya traído mucho bien a las sociedades en que se implantó, más bien lo contrario.

Es decir, que no necesariamente lo que nos parece atractivo, bien presentado o acorde con las ideas del momento (qué duda cabe que en la Rusia zarista había muchas injusticias sociales) es la solución ideal para las inquietudes sociales. La historia así lo demuestra. De ahí que haya personas e instituciones que busquen juzgar eso no en función de cánones relativos, sino del bien común y de valores no sujetos al vaivén ideológico de los tiempos. En México, recientemente la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió que “son inconstitucionales los códigos civiles que no contemplen el matrimonio entre personas del mismo sexo”. Una sentencia que ha sido muy criticada por la Conferencia del Episcopado Mexicano.
Pienso que a los obispos no les afecta demasiado que contraigan matrimonio civil personas del mismo sexo. Pienso que a nivel personal probablemente les afecten mucho más las críticas recibidas estos días en la opinión pública por expresarse en desacuerdo. ¿Por qué entonces estas ganas de -como diría un amigo- incordiar al prójimo? ¿Por qué no dejar a la gente ser feliz? Quizá -hagamos una hipótesis descabellada- los obispos no están pensando en sí mismos. Solo quizá. Quizá no quieren imponer unas ideas suyas porque sí. Quizá están pensando en la sociedad.
Como católico y también racional (son términos necesariamente vinculados) pienso que hay argumentos detrás. Pienso que las leyes deben favorecer al bien común de la sociedad y no privilegiar las preferencias sexuales individuales. Hacer figurar en la ley el matrimonio homosexual significa equipararlo con el hasta ahora único matrimonio (heterosexual). Y en realidad no son uniones iguales (no lo digo yo, lo dice la biología… me parece que no requiere mayor explicación). Equipararlos significará darles las mismas ayudas, posibilidades de adopción, etc, donde ya no solo están en juego los derechos individuales (“que se respete mi preferencia sexual”) sino los de terceros (niños, por ejemplo) y los de la sociedad. Legislar (de nuevo, algo que debe buscar el bien social) en función de preferencias sexuales individuales nos puede llevar muy lejos. En Holanda acaban de declarar ilegal prohibir una asociación de pedófilos, y así.
Más allá del largo debate del matrimonio homosexual, creo que los ataques a la opinión de los obispos son porque no piensan “como todos tienen que pensar”. Tristemente en nuestra sociedad mucha gente (quiero pensar que no todos) está pensando en sí misma y asumen que todos actúan de igual forma. “Si los obispos critican esto, piensan, es por algún interés suyo”. De nuevo, mi hipótesis es que no, que están pensando en la sociedad. Una vez preguntaron a un obispo en la radio si la Iglesia toleraba a los homosexuales. Ante la sorpresa del periodista, respondió que no los toleraba. “La Iglesia, dijo, no tolera: quiere a los homosexuales”. Tolerar no es suficiente; simplemente tolerar es egoísta (“haz lo que quieras mientras no me afectes a mí”). Por encima de eso hay conceptos como la verdad y el bien, que algunos todavía consideramos algo objetivo, no subjetivo.
No mucha gente apoyó a la Iglesia cuando Pío XI condenó el comunismo en 1937, o cuando condenó el nazismo en 1936 mientras muchos todavía veían con buenos ojos a Hitler (y no se sabía nada de los campos de concentración, solo eran ideas). Evidentemente no son comparables a esto, pero son otros ejemplos en los que la Iglesia ha hablado de la actualidad social apegándose a sus principios, no a las ideologías del momento. Y la historia le ha dado la razón.
¿Y el Papa Francisco? Escribí esto tras leer varias columnas de opinión que creen que el Papa tendría que hacer “entrar en razón” a los obispos mexicanos; pues -dicen- este papa no es conservador sino progresista y apoya a los homosexuales. Claro que los apoya, sigue (y vive) la doctrina de la Iglesia, que en el punto 2358 del Catecismo dice que los homosexuales “deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”. De ahí que el Papa dijera aquello de “quién soy yo para juzgarlos”. Sin embargo, hay que distinguir el respeto a la persona individual del hecho de legislar -en función de ciertos derechos- en materias que van más allá, que afectan a toda la sociedad.
Y respecto al supuesto progresismo del Papa actual, me parece que vienen muy a cuento estas palabras de Mons. Javier Echevarría sobre el “conservadurismo” y “el progresismo”: ese esquema no sirve cuando se habla de la Iglesia. Si se emplea la palabra “conservador” fuera de ese contexto político, se podría decir que toda la Iglesia es “conservadora”, porque conserva y transmite el Evangelio de Cristo, los sacramentos, el tesoro de la vida de los santos, sus obras de caridad. Por razones análogas, toda la Iglesia es “progresista”, porque mira al futuro, cree en los jóvenes, no busca privilegios, está cerca de los pobres y de los necesitados.  
(Todas las imágenes son de El acorazado Potemkin [Serguei Eisenstein, 1925])

Ante la sorpresa de muchos, ayer el cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu arrasó en la ceremonia de los Oscares con su alucinante Birdman. Sorpresa no porque esta película no lo merezca, sino por la duda de si la Academia premiaría dos años seguidos a un director mexicano. Pero la Academia apostó solamente por el cine, y eso es mucho.


Mucho porque ayer se reconoció que el talento puede proceder de cualquier lado, y hay que valorarlo únicamente como talento que es. Lo dijo el propio Iñárritu pidiendo un trato digno para sus compatriotas inmigrantes, y lo dijo un sorprendido Sean Penn -a quien Iñárritu dirigió en 21 gramos– al anunciar a Birdman como mejor película: “¿Quién le dio a este hijo de perra una green card?” (el permiso de trabajo en EUA para inmigrantes).

Como Alfonso Cuarón el año pasado, Alejandro G. Iñárritu está demostrando que un cineasta mexicano puede alcanzar el reconocimiento fílmico más alto (tres estatuillas se llevó a su casa: guion, dirección y mejor película), y eso es una gran alegría para los profesionales mexicanos del cine. Por no hablar del ahora mítico director de fotografía Emmanuel “El Chivo” Lubezki, a quien no solo no le estorbó el no ser estadounidense sino tampoco el haberse llevado el Oscar en su categoría el año pasado (también por Gravedad).

Ciertamente elevar el estándar de nuestro cine nacional (pues Birdman, como Gravedad, no son “películas mexicanas”) es una tarea en proceso; sin embargo, no es menos destacable que los cineastas mexicanos aporten al cine desde el núcleo de la industria internacional. Y es que vivimos en un mundo global, y cada vez está más abierto a que entre todos lo enriquezcamos. Eso solo transmite una palabra: esperanza. Porque ayer la Academia ignoró muchos prejuicios. Y la ignorancia fue virtud inesperada.


“Si no te portas bien, esta Navidad solo recibirás carbón”, se suele decir todavía a los niños, con la esperanza de que se porten bien durante el año para recibir la recompensa de manos de los Reyes Magos, Santa Claus, el Niño Jesús, la Befana o incluso Olentzero (y hasta Mari Domingi), según la zona en la que uno viva. Y así, como cada año al llegar la época navideña, el grupo The Killers (geniales, digámoslo de una vez) estrena su peculiar villancico; el de este año se titula “Joel, the Lump of Coal”, es decir, “Joel, el trozo de carbón”, y cuenta una bella historia:

La pequeña fábula le da la vuelta al castigo del trozo de carbón, dando voz al niño “malo” que lo recibe y al propio trocito de carbón. Y resulta una reflexión sobre la misericordia, muy propia de la sensibilidad de los tiempos (y de la naturaleza humana). El grupo de Brandon Flowers (mormón, por cierto: el grupo tiene también una interesante canción que habla sobre San José) nunca ha presentado la figura de Santa Claus como un personaje positivo (basta el botón de muestra de Don’t Shoot Me, Santa), y esta vez no es la excepción. Santa Claus castiga dando carbón como regalo, pero esta historia invita a mirar más allá, a ver las heridas que las personas tienen por más mala que parezca su conducta. No condenar sino dar (darse) para cambiar al otro. Me permito traducir de la excelente letra de la canción:

Joel, Joel, el trozo de carbón
supo lo que debía hacer.
Dijo: “Ahora sé la razón
de por qué me enviaron a ti.

Porque cuando alguien sufre por dentro
se vuelve duro y cruel.
Pero yo sé cómo convertir tu dolor
en una preciosa joya.

Así que tómame en tu mano, joven,
y apriétame con todas tus fuerzas.
Convirtamos tu dolor y furia
en algo que brille”.

Y Joel, el trozo de carbón
dio su vida.
Para que un pequeño niño malcriado
tuviera un diamante en Navidad.

“Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo”, dijo el Papa Francisco en su primer rezo del Ángelus. Estoy seguro de que este villancico podría gustarle. Y es que hoy no necesitamos que nos digan lo malos que somos, sino que nos sonrían y sin asco nos abracen, a pesar de que quizá (seguramente) hemos actuado mal. Y entonces quizá nos decidiremos a ser un poco mejores. Ese sería un buen regalo de Navidad. The Killers, al parecer, están más que de acuerdo.


Rara vez lloro con una película. Sin embargo, recuerdo claramente el que hasta ahora ha sido para mí el momento más demoledor –emocionalmente– en una sala de cine. Tendría yo ocho años cuando vi La Princesita (1995) de mi paisano Alfonso Cuarón (ya entonces genial y ahora merecidamente reconocido por Gravity). Ese clímax aún puede conmigo y hoy me doy cuenta de que su tremenda eficacia catártica ya la había dejado servida Aristóteles en su Poética hace casi veinticinco siglos.

Aristóteles escribió de casi todo lo conocible en su época. La Poética está dedicada al estudio de lo que hoy diríamos storytelling (entonces sobre todo presente en las epopeyas, las tragedias y las comedias) y su eficacia. Un arte tan fundamental para el ser humano entonces como ahora. Centrado sobre todo en el drama, es decir, las historias representadas, hoy sigue siendo la base del saber narrativo de cualquier guionista.

Un elemento eficacísimo en una trama, dice Aristóteles, es la “anagnórisis”: cuando un personaje reconoce al otro (su hijo, su hermano perdido, su esposo al que se le creía muerto como Ulises en la Odisea). Y tiene mayor eficacia –pega más– si ese reconocimiento viene unido a una decisión fuerte del personaje. Hablando de acciones terribles, el filósofo griego menciona tres posibilidades:

Es posible, en efecto, que la acción se desarrolle, como en los poetas antiguos, con pleno conocimiento de los personajes.

Él pone el ejemplo de Medea asesinando a sus hijos. Hoy podríamos mencionar a Michael Corleone mandando asesinar a su cuñado en El Padrino, o a Jack Torrance (El resplandor) intentando descuartizar a su familia.

Pero también es posible cometer una atrocidad sin saberlo, y reconocer después el vínculo de amistad.

Es el famosísimo caso de Edipo Rey, que mata a su padre y se casa con su madre… sin saber que son su padre y su madre. Terrible.

Y todavía puede haber una tercera posibilidad: que, estando a punto de hacer por ignorancia algo irreparable, se produzca la anagnórisis antes de hacerlo (…) La situación mejor [de estas tres] es la última.

Este último, una anagnórisis ideal para Aristóteles, es el caso de La princesita. Recordamos la historia: Sarah Crewe ingresa a un internado para señoritas cuando su padre –viudo– tiene que marchar a la guerra. Cuando llegan noticias de que su padre ha muerto, ella pasa a ser una sirvienta del internado, maltratada por la malvada Miss Minchin. Pero, oh sorpresa, su padre no murió. Y regresa… pero ha perdido la memoria. El clímax es tremendo: Sarah es perseguida por Miss Minchin para ser llevada a la cárcel, y ella se esconde en la casa vecina donde está su padre que no la recuerda. El resto es pura anagnórisis y pura catarsis. Tremendo:




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