El diablo más católico

08Jul15

Cuando empecé a ver Daredevil, la nueva serie original de Netflix basada en el superhéroe de Marvel Comics, no me gustó. Empezaba lenta y obvia. Obvia por un flashback demasiado clásico en el que el pequeño Matt Murdock se quedaba ciego, y lenta porque dedicaba —apenas iniciando— varios minutos al mismo Matt, ya adulto y ciego, confesándose. Más bien hablando en el confesonario: “No pido perdón por lo que he hecho, Padre; pido perdón por lo que estoy a punto de hacer.” Todo indicaba que sería otro personaje al que se metía un momento al confesonario como recurso fácil de exploración interior. Resultó ser bastante más.

El personaje original del cómic siempre fue católico, al principio como un simple rasgo de caracterización (católico irlandés). Además, la paradoja de un demonio religioso funciona bien. Sin embargo, ese aspecto fue explotado para la historia de Matt Murdock en el cómic especialmente desde el número titulado Born Again, escrito por Frank Miller, y que contribuyó al lado oscuro del personaje que lo alejaba un poco de la semejanza con Spiderman y lo acercaba más a Batman. Si la desafortunada película del 2003 protagonizada por Ben Affleck (tiemblen, fans de Batman) solo utilizó el catolicismo del héroe como algo anecdótico —con recurso del confesonario incluido— quedaba la duda de cuán católico sería el Daredevil de Netflix.

Algo podía adivinarse con la elección del protagonista, sin que fuera vinculante ni mucho menos. Charlie Cox, además de tener gran facilidad para ser afable en pantalla, también es católico como ha declarado en varias ocasiones. Incluso fue él quien interpretó el personaje de Josemaría Escrivá, el fundador del Opus Dei, en There Be Dragons de Roland Joffé, a quien personificó de manera muy positiva y acertada, lo cual —dice— fue en empujón para su fe.

Pero volviendo a Daredevil, hete aquí que uno de los mayores aciertos narrativos de esta serie es no solo introducir la fe del personaje de Matt Murdock como parte de la trama, sino hacer que, avanzados unos cuantos capítulos, el conflicto interno del protagonista pivote justamente en su moral católica. (Otro acierto es que el villano, un Wilson Fisk que será monstruoso por sus actos en la historia, sea presentado por primera vez en su lado más humano: nada menos que enamorándose y muy en serio… pero no este el tema). Y a partir de ahí los guionistas aprovechan a fondo el catolicismo de Murdock, lejos de cualquier tipo de proselitismo, sino pensando en la eficacia del conflicto.

Resultan claves las conversaciones de Matt con Fr. Lanthom —el mismo del confesonario del episodio piloto— que llega a ser, en palabras de Matt, “su sacerdote”: un confidente para el personaje (y uno muy práctico para alguien que es superhéroe y tiene una identidad secreta, pues debe guardar el secreto de confesión). La figura de este sacerdote resulta muy positiva. Es un hombre normal, que toma café latte con sus feligreses para hablar de lo humano y lo divino, que se permite bromear con Matt de algún aspecto de la fe, y que no tiene reparo en decirle que ha tenido sus dudas (sobre todo en la interesantísima conversación que tienen los dos sobre la existencia del demonio, con una respuesta que es un gran ejemplo de eficaz storytelling).

Así, la fe del héroe se convierte también en su mayor debilidad: Daredevil no mata (aunque hiere bastante, y la serie no se guarda nada en los momentos violentos),  y ante la necesidad de eliminar a Wilson Fisk (sí, spoiler, pero uno muy predecible) se ve en un dilema que resume muy bien su amigo Foggy: “si lo enfrentas te matará o tendrás que matarlo, lo que para ti, por tu fe católica, es tanto peor”. Y tranquiliza ver que en una serie sobre un superhéroe en pleno 2015, matar a los malos no está justificado en absoluto. Porque es un daño —quizá hasta mayor— para el que mata. Y no solo para el católico Matt; se ve claro también en otro personaje al final de la temporada (y no digo más).

Otros personajes lidian con la fe a su manera. Claire Temple (enfermera personal e interés amoroso del protagonista) le dice a Matt que todo lo que aprendió en la catequesis de los domingos es que los santos y los mártires terminan ensangrentados y solos. No muy sobrenatural, pero toda una advertencia para el protagonista. El propio Fisk declarará no ser un hombre de fe (menos mal), pero acabará contando la parábola del buen samaritano, a su manera (un punto a quien diga en qué se equivoca; comentarios, venga).

Con todo, lo más interesante de esta faceta de la serie es el conflicto interno de Matt Murdock. Ante el deseo de eliminar, de asesinar a los que hacen el mal, y no queriendo perder su alma, le pregunta a Fr. Lanthom si es cierto que, como dice su fe, Dios ha hecho a todos con un propósito. “Entonces, ¿por qué ha puesto al diablo dentro de mí, arañando por salir?”. Y resuena a San Pablo en su segunda carta a los Corintios: me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee. Acto seguido Matt eligirá el símbolo bajo el que defenderá su ciudad. No podía ser otra cosa que un demonio (y daredevil en inglés significa literalmente ‘temerario’: buen nombre, Matt).
Acabo ya. No se piense que esta es una serie pseudoreligiosa de contenidos cristianos. En absoluto. Lo que quise destacar es cómo aprovecha un aspecto del personaje original y lo exprime en función del conflicto dramático. Eso consigue una narración mucho más poderosa (por algo tendrá 9.0 en IMDB) y, aun tratándose de un superhéroe, verdadera.
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