Cuenta una conocida leyenda que el humanista y poeta Fray Luis de León, cuando volvió a su cátedra en Salamanca tras estar encarcelado cinco años por la Inquisición, retomó la clase diciendo: “como decíamos ayer…”. Pues tómese así mi regreso a teclear de nuevo en El guiñol y, sin más explicaciones, ahí les voy.

El título (y la idea) de este post surgió de una muy reciente conversación (de hoy) en Facebook. Creo que la reflexión es interesante y surge porque hoy es la fiesta de la Natividad de san Juan Bautista. El evangelio de san Lucas, poco antes de narrar su nacimiento, cuenta la visita que la Virgen María hizo a su prima Isabel, la madre de Juan:

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo. (Lucas 1, 39-41)

Uno de los argumentos que existen hoy a favor del aborto es que el embrión “no es un ser humano” (o no lo es hasta una determinada semana, según la legislación de que se trate: en algunos países uno empieza a ser humano en la sexta semana, en otros antes o después; o sea, viene siendo cuestión de nacionalidad, supongo). Mi punto es que estamos tan enfrascados en este debate que hemos perdido de vista el sentido común. El evangelista (ojo, no porque sea la Biblia, sino solo como narración antigua que también es) no tiene duda de que dentro de Isabel hay una persona, hasta el punto de que afirma que saltó y saltó de alegría, nada menos.

Mi mamá (y más gente) siempre dice que el sentido común es el menos común de los sentidos. Los que pensamos que una persona lo es desde el momento de la concepción ya no podemos apelar solamente al sentido común, y hay que utilizar los argumentos científicos y filosóficos (que los hay) para acabar llegando a las mismas verdades que se tenían tan claras hace siglos. Pues que así sea y, de momento, celebro hoy a mi tocayo, el enorme san Juan Bautista, “el embrión que saltó de gozo”.

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“El Espíritu Santo no lee los periódicos”
Jesús Colina

Recordarán el panorama de hace tan solo una semana. Los medios de comunicación —nuestros orientadores por excelencia, más para mal que para bien— hablaban mayormente de inciertos papables, candidatos a un asiento que se hundía entre crisis varias que lo habían dejado vacío con una histórica renuncia.

El miércoles la novedad salió al balcón. El primer papa latinoamericano. El primer papa jesuita. “Francisco”. ¿Será por San Francisco Javier? Ahora sabemos que es por el santo de Asís, amante de la pobreza y de los pobres. No portaba la tradicional capa con que vimos salir a anteriores papas recién elegidos. Solo su vestimenta blanca y una cruz de hierro. Pidió rezar por el papa emérito, Benedicto XVI, pidió —e hizo rezar en el momento— por él mismo y su misión. Sonriente y afable, a unos y otros cayó bien.

Poco a poco, empezaron a llover los datos, imágenes y anécdotas del nuevo papa. Que viajaba en transporte público y se cocinaba su comida, que es hincha del equipo de fútbol San Lorenzo, que le gusta callejear, que cuidaba personalmente a sacerdotes ancianos, que no tiene reparo en decir las cosas claras a quien sea, sean los Kirchner o a algunos de sus propios hermanos jesuitas que se inclinaron hacia la Teología de la liberación. Que hace años, al estar viendo la tele con quienes vivía, salió un programa indecente y le prometió a la Virgen no volver a ver la televisión. Que tiene un gran cariño hacia los pobres y hacia los pecadores.

A las anécdotas de antes se empezaron a sumar las de ahora como papa: viajar con los demás cardenales en el autobús y no en su coche oficial, las bromas con los otros cardenales (“Que Dios les perdone”, por elegirle, claro), ir a pagar la cuenta a la residencia en que se alojaba. Hoy, al terminar la Misa, salió a saludar a los fieles, dándoles la mano uno a uno, como hacen los párrocos. El Papa Francisco, en fin, tienen un estilo cercano y sencillo, que busca dejar ideas claras con homilías cortas con mucha naturalidad, muy pedagógico.

En fin, todo esto ahora es muy sabido, pero hay que reconocer que no deja de sorprender. Ahora resulta que esa Iglesia que nos pintaban tan decrépita y equivocada tiene al frente a un hombre que entiende, que predica con el ejemplo, que está en sintonía con esos valores que nadie discute (el amor a los pobres, la sencillez, la coherencia) y que es firme con esos otros que muchos discuten (el aborto, la eutanasia, las uniones homosexuales). Para algunos, los bien llamados “devotos odiadores”, siempre habrá muchas cosas malas que encontrarle, a este o a cualquier papa; para muchos, este es el papa que sí va a dar un vuelco “decisivo” en la Iglesia; otros simplemente vemos que en la Iglesia sigue gobernando quien siempre lo ha hecho, el Espíritu Santo, Dios mismo que elige siempre como su Vicario en la tierra al hombre que necesita. Y Dios siempre sorprende.

Y unas últimas palabras dedicadas a un hombre excepcional. Un hombre quizá en estos días olvidado o, peor aún, mirado con malos ojos por mal compararlo con el nuevo papa. Y es Benedicto XVI, el papa emérito. Quien tuvo la humildad de desafiar la tradición —su tan amada tradición de la que ha probado no ser un fanático ni mucho menos— para dejar lugar a quien el Espíritu Santo bien eligiera para seguir esta inmensa tarea. Y el Espíritu Santo no le falló. “Aunque ahora me retiro —le decía al clero de Roma hace pocos días—, estoy siempre cerca de todos vosotros en la oración, y estoy seguro de que también vosotros estaréis cercanos a mí, aunque para el mundo estaré oculto”. Oculto y rezando, sirviendo; como ahora el Papa Francisco sirviendo toma las riendas apoyándose en nuestras oraciones y su sencillez. Y que los medios de comunicación sigan hablando. Por suerte, estamos en manos de Dios. Y Dios siempre sorprende.


Benedicto XVI renuncia. Es una decisión más —la última— de un Papa que no ha dudado en decidir lo que ha considerado mejor en conciencia en cada momento. Sin importar lo que otros pudieran pensar. Sin importar los precedentes, como en este caso el hecho de que una renuncia papal sea un auténtica novedad en la historia moderna.

Ahora quizá muchos empezarán a teorizar sobre distintas ocultas razones por las que supuestamente el Papa renuncia (o le obligan a renunciar). No. Este Papa nunca ha tenido problemas en decir la verdad, aunque muchas veces la verdad ha sido amarga. Y si hubiera “algo”, simplemente lo diría. Y lo que ha dicho es que “para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”.

Es simplemente una última decisión —valiente, como tantas de Benedicto XVI— que destaca una de las virtudes más importantes y presentes en este Papa: la prudencia. En conciencia ha visto que esto es lo adecuado ahora. Y con fortaleza sigue lo que ha visto con prudencia. Asumió su cargo declarándose “un simple y humilde siervo de la viña del Señor” y, ahora que se va, se puede aplicar a él aquello que dice el Evangelio del siervo fiel y prudente: fidelis servus et prudens, quem constituit Dominus super familiam suam (Lc 12, 42). Un final histórico para un pontificado histórico al que debemos tanto. Por eso para los católicos es un deber de justicia y de gratitud rezar ahora por Joseph Ratzinger, Benedicto XVI. Y por su sucesor.



“Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad”

Dicho popular

Hace varios días hablaba con un amigo recordando las “mentiras” (o grandes exageraciones) que uno dice cuando es niño. Qué fácil es decir, cuando uno es tan poco consciente de cómo funciona el mundo, que una vez aguantó cinco minutos sin respirar bajo el agua, o que su papá de noche es un superhéroe, o que… También es cierto que, como dice la sabiduría popular, los niños –los inocentes por excelencia–dicen las cosas como son, y más si no son conscientes de lo que puede haber detrás de eso, como las ocultas intenciones de un adulto. En esa fina línea juega la impactante película Jagten (La caza, 2012) del danés Thomas Vinterberg.

No pretendo aquí hacer una crítica de cine. Ya la hice en un blog de críticas de cine al que remito. No, aquí quiero reflexionar sobre el papel de la comunicación en un tema tan delicado como el abuso sexual a menores y la perspectiva que presenta esta película.

Lucas es un profesor divorciado que trabaja en el jardín de niños de un pequeño pueblo danés. Vive tranquilamente entre su trabajo, su afición a cazar con los amigos y la espera por obtener la custodia de su hijo adolescente. Klara tiene cinco años y es la hija del mejor amigo de Lucas. El proceso emocional de la pequeña nos queda clarísimo, pues es casual y –como veremos– devastador en sus consecuencias: ella tiene gran cariño a Lucas (su profesor y amigo de siempre); confundida en su cariño infantil, le da un beso jugando y le regala un corazón de papel, él –como cualquier adulto sensato– le dice que eso no es adecuado; ella, herida en ese cariño infantil, quiere hablar un poco mal de Lucas y dice que fue él quien le regaló ese corazón, que no le agrada Lucas y que –aquí se vale de una conversación que escuchó a su hermano adolescente– “tiene un pito”. Todo esto lo dice a la directora del jardín de niños. Una auténtica bomba.

La genialidad de esta película, en mi opinión, es lo bien que está armado todo hasta el punto en que entendemos que “nadie tiene la culpa”, ¿qué quieren que piense la directora al oír algo así? Con todo, considero que hay varias cosas mal manejadas, todas ellas como producto de la sensibilidad actual que –aunque justificada– debe manejarse con cuidado. El abuso sexual de menores está tristemente “a la orden del día”, y son muchos los casos que se deben denunciar y prevenir. Ahora bien, esto no debe ofuscarnos hasta el punto de perder toda otra referencia posible.

La directora –primer error– opta por creer enteramente a la niña, y cuando habla con el profesor es solo para decirle que un niño (“no le puedo decir quién”) ha dicho que usted hizo algo (“no le puedo decir qué”) referido a esto. “Vamos a investigar, váyase unos días”. Lucas –danés, al fin– tampoco reacciona mucho, pues no sabe que lo que hay ahora es una fuerte sospecha de él. Así, la bola de nieve crece. La niña es interrogada por un especialista que prácticamente le ayuda a “completar” su versión de los hechos. Varios niños son interrogados también, algunos presentan “síntomas” (duermen mal, pesadillas). Todo en función de una “verdad” que ¡sabemos que no es cierta! Porque si no lo supiéramos, probablemente estaríamos también sospechando y acusando al protagonista. Y he ahí la gran tragedia.

Pues nuestras mentes cochambrosas (o “extraprecavidas”, si se quiere) pueden ser cegadas ante la hipersensibilidad –justificada también– que hay ante un tema así. (Por cierto, estoy contando la película, ya lo sé; lo ideal es leer esto después de verla, pero tampoco es que sea una película de “final sorprendente”, lo impactante es ver cómo se desarrolla todo y las consecuencias que tiene). Así, la niña llega a decir que eso lo inventó (pero la visión de los adultos ya fue más allá, “está bloqueando sus recuerdos por el trauma”, piensan; y sigue la caza…), incluso el juez libera de culpa a Lucas (todos los niños coincidían en la pesadilla de un oscuro sótano… cuando en casa de Lucas no hay sótano), pero la sociedad ya fue más allá. Pueblo chico, infierno grande. Y prácticamente destruyen la vida de este hombre.

En fin, esto ya se alargó bastante. Me parece interesantísimo que se haya hecho esta película, pues aunque el tema es conocido, la perspectiva de la “otra víctima” (un “abusador” acusado falsamente) nos plantea todos los inconvenientes que presenta el no manejar estos temas bien. En el fondo es un problema de comunicación. Nadie nunca habla con Lucas sin sospecha, dándole una oportunidad de explicarse. Por último, destaco dos notas positivas y geniales: la amistad (el padre de Klara es el mejor amigo de Lucas, y eso al final le permite saber la verdad –la escena de la iglesia es fabulosa–) y la valentía. Porque Lucas no quiere vivir en un mundo con miedo y con falsas precauciones. Él no es culpable y no quiere actuar nunca como tal. Por eso vuelve a entrar a la tienda de la que lo han echado a golpes –otra secuencia genial– para comprar como es su derecho, por eso carga en sus brazos a Klara cuando ya todo ha pasado, pues él nunca fue culpable de nada. Pero, a la vez, nada vuelve a ser igual. La última escena lo deja clarísimo. (No diré qué, tampoco voy a contarlo todo).


Hace un mes fue el video erótico de la concejal Olvido Hormigos, y ahora estos simpáticos agentes de Cerdanyola conduciendo temerariamente e imitando a las rusas Serebro mientras están de servicio. Funcionarios públicos que de pronto se ven afectados -no sin culpa, claro, como ahora diremos- como consecuencia de lo que hacen “en privado”. Las comillas son muy necesarias porque, a pesar de ser comportamientos privados, terminan siendo vistos por millones de personas gracias a YouTube.

El tema es más complejo de lo que parece. Siempre ha existido una línea divisoria entre lo público y lo privado, y no importaba (aparentemente) lo que una persona hiciera de puertas adentro. Una comodidad que la sociedad nunca se planteó sacrificar. Sin embargo, las llamadas nuevas tecnologías y todas las facilidades y posibilidades que han creado amenazan de algún modo esa privacidad.

¿Y es realmente así? También estamos en la era de la transparencia. Nos indigna enterarnos de barbaridades que habían quedado ocultas, y exigimos que sean conocidas las cosas que afectan a terceros. La ley también está abordando -un poco con retraso, pero con pasos firmes- el tema de la privacidad en las redes sociales: el llamado “derecho al olvido” (poder solicitar que borren lo registrado en Internet, nada que ver con el nombre de la concejal) está siendo aplicado en cada vez más países, aunque, como bien saben los que combaten la piratería, en Internet hay una gran distancia entre lo que dicta la ley y los efectos que eso tiene.

Por eso, pienso que la clave del asunto no está en las barreras que la legislación o la tecnología puedan crear, sino en el modo en que realmente estamos actuando, ya sea de cara a la galería o “en privado”. Como dice el Prof. Francisco Pérez Latre, la web es una “plaza pública”, donde nos retratamos constantemente; y es un claro termómetro el hecho de que la sociedad (con más o menos hipocresía, eso es otra cosa) aún se indigne ante hechos como el de la concejal o los agentes bailarines, y es también claro que eso exige alguna consecuencia pública como el expediente levantado a los agentes o la discutida dimisión de la concejal.

Si algo queda claro es que con el acceso de todos a esa gran plaza pública, estamos mucho más expuestos. Aquello del Evangelio de “lo que hayáis hablado al oído será pregonado sobre los terrados” parece más actual que nunca. Y llega el momento en que casi todo estará a la vista, por lo que podemos optar por ser truculentamente sigilosos o por intentar no hacer lo que no queremos público. Ya saben, esas cosas que se defendían antes como la responsabilidad personal, o la que era la virtud por excelencia para los clásicos, la prudencia. Aunque no se me malentienda: la privacidad es clave para el feliz desarrollo de cualquier persona. La cosa es que la privacidad no está en extinción, solo hay que saber cómo cuidarla. Las redes sociales e Internet en general, a día de hoy, no son el sitio más seguro. La familia, los buenos amigos y el confesionario aún mantienen su buena reputación.


Empiezo por el principio. Este fin de semana fue premiada en la “Mostra” de Cine de Venecia la última y esperada película de Paul Thomas Anderson, el ya aclamado guionista y director de Magnolia (exacto, esa en la que Tom Cruise lleva un peinado tan extraño) y There Will Be Blood (en España Pozos de ambición y en México Petróleo Sangriento, elija usted), entre otras. Lo de Anderson era esperado y, al parecer -no fui a la “Mostra” y no la he visto-, cumple.

El planteamiento es interesante. Sin hacer ninguna alusión explícita, la película alude a la figura del fundador de la Cienciología, L. Ron Hubbard. No es una biopic ni mucho menos: la historia parte del curioso personaje que interpreta Joaquin Phoenix, quien tras los intentos de su Comodus en Gladiator, sus diversas interpretaciones con el venido a menos M. Night Shyamalan y hasta su ronca voz prestada al gran Johny Cash en Walk the Line, parece que vuelve a intentar acercarse al Oscar. Freddie -así se llama su personaje- es un soldado que vuelve de la Segunda Guerra Mundial psicológicamente destrozado, con tics, explosiones de carácter y toda la cosa. Un individuo ideal para ser abordado por Lancaster Dodd, más conocido como “The Master”: el carismático líder de una secta que llaman “The Cause” e interpretado por -quién si no- Philip Seymour Hoffman, ese actor regordete y rubio que el crítico Carlos Boyero califica como “el que probablemente sea el mejor y más versátil actor del mundo en activo”, y, si no toda, algo tiene de razón el crítico de EL PAÍS. Hoffman y Phoenix ganaron a su vez el premio a mejor actor en Venecia (la Coppa Volpi, para los puristas). Eso.

Pues bien, ante la fascinante propuesta de The Master -al menos véase el trailer, de momento- quise indagar un poco más en la Cienciología, esa “religión” que yo conocía principalmente porque pertenecen a ella estrellas como Tom Cruise (quien, ojo, ya sale por segunda vez en este post). Mi única fuente es Wikipedia, y quiero concederle algo de credibilidad. Resulta que el mencionado L. Ron Hubbard un buen día dice: “Me gustaría comenzar una religión. ¡Ahí es donde está el dinero!”. Así, la Cienciología surge a partir de una filosofía de autoayuda con unos cursos y conferencias en los que solo pueden participar quienes paguen grandes sumas por ello (o se pueden cursar si uno entra como empleado para la organización de esos cursos, aunque si uno quiere renunciar tiene que pagar todo eso que recibió gratuitamente). Y, puesto que toda religión tiene que tener una explicación del sentido y el origen de la vida terrena, la Cienciología recurre a las vidas pasadas y tiene como hecho central lo que llaman “El Incidente II”, a saber:

Xenu era el dictador de la Confederación Galáctica, que hace 75 millones de años trajo miles de millones de personas a la Tierra en naves espaciales parecidas a aviones DC-8. Seguidamente, los desembarcó alrededor de volcanes y los aniquiló con bombas de hidrógeno. Sus almas se juntaron en grupos y se pegaron a los cuerpos de los vivos, y aún siguen creando caos y estragos. (Wikipedia)

La Cienciología puede tener cosas positivas en el modo de vida que plantea y quizá haga bien a sus miembros. Sin embargo, pienso que el que se presente como religión es un triste signo de los tiempos. Porque para sus fieles es básicamente un programa de autoayuda (un fin bueno pero a fin de cuentas egoísta), para sus organizadores una palestra de fama y enriquecimiento y para sus estudiosos una historieta pseudo-mitológica. Digo que es un signo de los tiempos porque hay gente que piensa que la religión es eso: ¿o cuántos no piensan que los cristianos, por ejemplo, tienen una fe para huir del nihilismo de la “dura realidad”, que el Papa y los obispos solo quieren beneficiarse a ellos mismos y que la Historia de la Salvación es solo un cuento bonito? Y cualquier católico que conozca mínimamente su religión sabe que esto no es así en absoluto. Supongo que la película de Anderson no entra a estos vericuetos, pero parece que muestra unos tipos humanos que bien pueden hacernos reflexionar y, a algunos, valorar lo que tenemos. O no.


Un tema espinoso, ya lo sé, y con múltiples capas de prejuicios -tanto de un lado como del otro- y de corrección política. Pero a ver si me explico. Es notorio que hoy en día, en la sociedad occidental, ser homosexual está más aceptado que lo que nunca lo había estado antes. Una afirmación que tiene sus matices: en un extremo hay personas (homófobos u homófobas) que no lo aceptan de ninguna manera, en el otro extremo -aunque sea políticamente incorrecto reconocerlo- hay personas que no admiten que haya homosexuales que no quieran “ejercer” como tales (que no quieran, por ejemplo, tener relaciones sexuales homosexuales). Uno y otro grupo manifiestan su actitud con bastante radicalidad e incluso llegan a la violencia, ya sea psíquica o física. Ahora bien, la opinión más generalizada es que la Iglesia Católica se encuentra en el primer grupo. La idea de este post es simplemente mostrar que eso no es así.

Hace años me cautivó la historia de Jacques Fesch. Un “niño de papá” con una vida bastante licenciosa que, por un capricho -comprarse un barco-, decidió robar una tienda. Como asaltante resultó un poco torpe, y disparó contra un policía en su huida, quitándole la vida. Estando en prisión se convierte al catolicismo como fruto del trato de su abogado, un buen católico llamado Paul Baudet. Los impactantes días desde su conversión hasta su ejecución en pena por su crimen están conmovedoramente recogidos en el diario que dirige a su hija, Dentro de cinco horas veré a Jesús. Jacques Fesch está en proceso de beatificación y es una esperanza de conversión para muchos pecadores y criminales. ¿Y esto a qué venía? Ah, sí. Su abogado Paul Baudet (el de la foto) era homosexual.

Homosexual y buen católico, con todo lo que eso implica. Hay quien piensa que su beatificación también debería proponerse. Algo así piensan los chicos y chicas de Arguments, como dicen en el video que dejo al final del post. Y es que la Iglesia no dice que los homosexuales sean malos ni mucho menos: reconoce que llevan un peso especial en este camino que todos recorremos intentando ajustarnos a la Verdad y el Bien, y en el que querer adaptarlos a nuestro gusto o a nuestra circunstancia solo contribuye a que nos perdamos. La Iglesia invita a los homosexuales a vivir la castidad -como a cualquier soltero o viudo- y, en concreto, dice:

Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2358)

Espero que nuestra generación tenga la suerte de llegar a ver en los altares a personas que lucharon por ser santas con una lucha quizá a veces más difícil por tener una tendencia homosexual.



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