Nuestras mentes cochambrosas

13Ene13


“Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad”

Dicho popular

Hace varios días hablaba con un amigo recordando las “mentiras” (o grandes exageraciones) que uno dice cuando es niño. Qué fácil es decir, cuando uno es tan poco consciente de cómo funciona el mundo, que una vez aguantó cinco minutos sin respirar bajo el agua, o que su papá de noche es un superhéroe, o que… También es cierto que, como dice la sabiduría popular, los niños –los inocentes por excelencia–dicen las cosas como son, y más si no son conscientes de lo que puede haber detrás de eso, como las ocultas intenciones de un adulto. En esa fina línea juega la impactante película Jagten (La caza, 2012) del danés Thomas Vinterberg.

No pretendo aquí hacer una crítica de cine. Ya la hice en un blog de críticas de cine al que remito. No, aquí quiero reflexionar sobre el papel de la comunicación en un tema tan delicado como el abuso sexual a menores y la perspectiva que presenta esta película.

Lucas es un profesor divorciado que trabaja en el jardín de niños de un pequeño pueblo danés. Vive tranquilamente entre su trabajo, su afición a cazar con los amigos y la espera por obtener la custodia de su hijo adolescente. Klara tiene cinco años y es la hija del mejor amigo de Lucas. El proceso emocional de la pequeña nos queda clarísimo, pues es casual y –como veremos– devastador en sus consecuencias: ella tiene gran cariño a Lucas (su profesor y amigo de siempre); confundida en su cariño infantil, le da un beso jugando y le regala un corazón de papel, él –como cualquier adulto sensato– le dice que eso no es adecuado; ella, herida en ese cariño infantil, quiere hablar un poco mal de Lucas y dice que fue él quien le regaló ese corazón, que no le agrada Lucas y que –aquí se vale de una conversación que escuchó a su hermano adolescente– “tiene un pito”. Todo esto lo dice a la directora del jardín de niños. Una auténtica bomba.

La genialidad de esta película, en mi opinión, es lo bien que está armado todo hasta el punto en que entendemos que “nadie tiene la culpa”, ¿qué quieren que piense la directora al oír algo así? Con todo, considero que hay varias cosas mal manejadas, todas ellas como producto de la sensibilidad actual que –aunque justificada– debe manejarse con cuidado. El abuso sexual de menores está tristemente “a la orden del día”, y son muchos los casos que se deben denunciar y prevenir. Ahora bien, esto no debe ofuscarnos hasta el punto de perder toda otra referencia posible.

La directora –primer error– opta por creer enteramente a la niña, y cuando habla con el profesor es solo para decirle que un niño (“no le puedo decir quién”) ha dicho que usted hizo algo (“no le puedo decir qué”) referido a esto. “Vamos a investigar, váyase unos días”. Lucas –danés, al fin– tampoco reacciona mucho, pues no sabe que lo que hay ahora es una fuerte sospecha de él. Así, la bola de nieve crece. La niña es interrogada por un especialista que prácticamente le ayuda a “completar” su versión de los hechos. Varios niños son interrogados también, algunos presentan “síntomas” (duermen mal, pesadillas). Todo en función de una “verdad” que ¡sabemos que no es cierta! Porque si no lo supiéramos, probablemente estaríamos también sospechando y acusando al protagonista. Y he ahí la gran tragedia.

Pues nuestras mentes cochambrosas (o “extraprecavidas”, si se quiere) pueden ser cegadas ante la hipersensibilidad –justificada también– que hay ante un tema así. (Por cierto, estoy contando la película, ya lo sé; lo ideal es leer esto después de verla, pero tampoco es que sea una película de “final sorprendente”, lo impactante es ver cómo se desarrolla todo y las consecuencias que tiene). Así, la niña llega a decir que eso lo inventó (pero la visión de los adultos ya fue más allá, “está bloqueando sus recuerdos por el trauma”, piensan; y sigue la caza…), incluso el juez libera de culpa a Lucas (todos los niños coincidían en la pesadilla de un oscuro sótano… cuando en casa de Lucas no hay sótano), pero la sociedad ya fue más allá. Pueblo chico, infierno grande. Y prácticamente destruyen la vida de este hombre.

En fin, esto ya se alargó bastante. Me parece interesantísimo que se haya hecho esta película, pues aunque el tema es conocido, la perspectiva de la “otra víctima” (un “abusador” acusado falsamente) nos plantea todos los inconvenientes que presenta el no manejar estos temas bien. En el fondo es un problema de comunicación. Nadie nunca habla con Lucas sin sospecha, dándole una oportunidad de explicarse. Por último, destaco dos notas positivas y geniales: la amistad (el padre de Klara es el mejor amigo de Lucas, y eso al final le permite saber la verdad –la escena de la iglesia es fabulosa–) y la valentía. Porque Lucas no quiere vivir en un mundo con miedo y con falsas precauciones. Él no es culpable y no quiere actuar nunca como tal. Por eso vuelve a entrar a la tienda de la que lo han echado a golpes –otra secuencia genial– para comprar como es su derecho, por eso carga en sus brazos a Klara cuando ya todo ha pasado, pues él nunca fue culpable de nada. Pero, a la vez, nada vuelve a ser igual. La última escena lo deja clarísimo. (No diré qué, tampoco voy a contarlo todo).

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