Cuarón y Aristóteles

24Jul14

Rara vez lloro con una película. Sin embargo, recuerdo claramente el que hasta ahora ha sido para mí el momento más demoledor –emocionalmente– en una sala de cine. Tendría yo ocho años cuando vi La Princesita (1995) de mi paisano Alfonso Cuarón (ya entonces genial y ahora merecidamente reconocido por Gravity). Ese clímax aún puede conmigo y hoy me doy cuenta de que su tremenda eficacia catártica ya la había dejado servida Aristóteles en su Poética hace casi veinticinco siglos.

Aristóteles escribió de casi todo lo conocible en su época. La Poética está dedicada al estudio de lo que hoy diríamos storytelling (entonces sobre todo presente en las epopeyas, las tragedias y las comedias) y su eficacia. Un arte tan fundamental para el ser humano entonces como ahora. Centrado sobre todo en el drama, es decir, las historias representadas, hoy sigue siendo la base del saber narrativo de cualquier guionista.

Un elemento eficacísimo en una trama, dice Aristóteles, es la “anagnórisis”: cuando un personaje reconoce al otro (su hijo, su hermano perdido, su esposo al que se le creía muerto como Ulises en la Odisea). Y tiene mayor eficacia –pega más– si ese reconocimiento viene unido a una decisión fuerte del personaje. Hablando de acciones terribles, el filósofo griego menciona tres posibilidades:

Es posible, en efecto, que la acción se desarrolle, como en los poetas antiguos, con pleno conocimiento de los personajes.

Él pone el ejemplo de Medea asesinando a sus hijos. Hoy podríamos mencionar a Michael Corleone mandando asesinar a su cuñado en El Padrino, o a Jack Torrance (El resplandor) intentando descuartizar a su familia.

Pero también es posible cometer una atrocidad sin saberlo, y reconocer después el vínculo de amistad.

Es el famosísimo caso de Edipo Rey, que mata a su padre y se casa con su madre… sin saber que son su padre y su madre. Terrible.

Y todavía puede haber una tercera posibilidad: que, estando a punto de hacer por ignorancia algo irreparable, se produzca la anagnórisis antes de hacerlo (…) La situación mejor [de estas tres] es la última.

Este último, una anagnórisis ideal para Aristóteles, es el caso de La princesita. Recordamos la historia: Sarah Crewe ingresa a un internado para señoritas cuando su padre –viudo– tiene que marchar a la guerra. Cuando llegan noticias de que su padre ha muerto, ella pasa a ser una sirvienta del internado, maltratada por la malvada Miss Minchin. Pero, oh sorpresa, su padre no murió. Y regresa… pero ha perdido la memoria. El clímax es tremendo: Sarah es perseguida por Miss Minchin para ser llevada a la cárcel, y ella se esconde en la casa vecina donde está su padre que no la recuerda. El resto es pura anagnórisis y pura catarsis. Tremendo:

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One Response to “Cuarón y Aristóteles”


  1. 1 Coco | Palomitas caramelizadas

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