La Iglesia y el acorazado del matrimonio homosexual

23Jun15

Escribo esto mientras mis alumnos de Cine ven El acorazado Potemkin, una obra maestra del cine mundial dirigida por Serguei Eisenstein en 1925 (solo por haberla visto varias veces me permito teclear estas ideas distrayéndome un poco de los impresionantes planos de la rebelión del pueblo ruso). La relación no es baladí. La película de Eisenstein es hoy un pilar de la cultura, asombrosa en su calidad artística. Sin embargo, fue encargada por los líderes bolcheviques como una pieza de propaganda comunista. Y el comunismo -creo que se puede decir a día de hoy- no ha sido algo que haya traído mucho bien a las sociedades en que se implantó, más bien lo contrario.

Es decir, que no necesariamente lo que nos parece atractivo, bien presentado o acorde con las ideas del momento (qué duda cabe que en la Rusia zarista había muchas injusticias sociales) es la solución ideal para las inquietudes sociales. La historia así lo demuestra. De ahí que haya personas e instituciones que busquen juzgar eso no en función de cánones relativos, sino del bien común y de valores no sujetos al vaivén ideológico de los tiempos. En México, recientemente la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió que “son inconstitucionales los códigos civiles que no contemplen el matrimonio entre personas del mismo sexo”. Una sentencia que ha sido muy criticada por la Conferencia del Episcopado Mexicano.
Pienso que a los obispos no les afecta demasiado que contraigan matrimonio civil personas del mismo sexo. Pienso que a nivel personal probablemente les afecten mucho más las críticas recibidas estos días en la opinión pública por expresarse en desacuerdo. ¿Por qué entonces estas ganas de -como diría un amigo- incordiar al prójimo? ¿Por qué no dejar a la gente ser feliz? Quizá -hagamos una hipótesis descabellada- los obispos no están pensando en sí mismos. Solo quizá. Quizá no quieren imponer unas ideas suyas porque sí. Quizá están pensando en la sociedad.
Como católico y también racional (son términos necesariamente vinculados) pienso que hay argumentos detrás. Pienso que las leyes deben favorecer al bien común de la sociedad y no privilegiar las preferencias sexuales individuales. Hacer figurar en la ley el matrimonio homosexual significa equipararlo con el hasta ahora único matrimonio (heterosexual). Y en realidad no son uniones iguales (no lo digo yo, lo dice la biología… me parece que no requiere mayor explicación). Equipararlos significará darles las mismas ayudas, posibilidades de adopción, etc, donde ya no solo están en juego los derechos individuales (“que se respete mi preferencia sexual”) sino los de terceros (niños, por ejemplo) y los de la sociedad. Legislar (de nuevo, algo que debe buscar el bien social) en función de preferencias sexuales individuales nos puede llevar muy lejos. En Holanda acaban de declarar ilegal prohibir una asociación de pedófilos, y así.
Más allá del largo debate del matrimonio homosexual, creo que los ataques a la opinión de los obispos son porque no piensan “como todos tienen que pensar”. Tristemente en nuestra sociedad mucha gente (quiero pensar que no todos) está pensando en sí misma y asumen que todos actúan de igual forma. “Si los obispos critican esto, piensan, es por algún interés suyo”. De nuevo, mi hipótesis es que no, que están pensando en la sociedad. Una vez preguntaron a un obispo en la radio si la Iglesia toleraba a los homosexuales. Ante la sorpresa del periodista, respondió que no los toleraba. “La Iglesia, dijo, no tolera: quiere a los homosexuales”. Tolerar no es suficiente; simplemente tolerar es egoísta (“haz lo que quieras mientras no me afectes a mí”). Por encima de eso hay conceptos como la verdad y el bien, que algunos todavía consideramos algo objetivo, no subjetivo.
No mucha gente apoyó a la Iglesia cuando Pío XI condenó el comunismo en 1937, o cuando condenó el nazismo en 1936 mientras muchos todavía veían con buenos ojos a Hitler (y no se sabía nada de los campos de concentración, solo eran ideas). Evidentemente no son comparables a esto, pero son otros ejemplos en los que la Iglesia ha hablado de la actualidad social apegándose a sus principios, no a las ideologías del momento. Y la historia le ha dado la razón.
¿Y el Papa Francisco? Escribí esto tras leer varias columnas de opinión que creen que el Papa tendría que hacer “entrar en razón” a los obispos mexicanos; pues -dicen- este papa no es conservador sino progresista y apoya a los homosexuales. Claro que los apoya, sigue (y vive) la doctrina de la Iglesia, que en el punto 2358 del Catecismo dice que los homosexuales “deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”. De ahí que el Papa dijera aquello de “quién soy yo para juzgarlos”. Sin embargo, hay que distinguir el respeto a la persona individual del hecho de legislar -en función de ciertos derechos- en materias que van más allá, que afectan a toda la sociedad.
Y respecto al supuesto progresismo del Papa actual, me parece que vienen muy a cuento estas palabras de Mons. Javier Echevarría sobre el “conservadurismo” y “el progresismo”: ese esquema no sirve cuando se habla de la Iglesia. Si se emplea la palabra “conservador” fuera de ese contexto político, se podría decir que toda la Iglesia es “conservadora”, porque conserva y transmite el Evangelio de Cristo, los sacramentos, el tesoro de la vida de los santos, sus obras de caridad. Por razones análogas, toda la Iglesia es “progresista”, porque mira al futuro, cree en los jóvenes, no busca privilegios, está cerca de los pobres y de los necesitados.  
(Todas las imágenes son de El acorazado Potemkin [Serguei Eisenstein, 1925])
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