Robin Hood (o cuando el productor mató al guionista)

11Oct10

Vamos a ver. Yo estaba decidido a ni siquiera hablar sobre esta película en este espacio tan valioso (sí, es un simple blog, pero déjenme/dejadme emocionarme). Sin embargo, al ver que mucha gente la ha elogiado este verano al verla, y tomando en cuenta que es la superproducción del año (junto con Avatar, claro está), he pensado: “aquí hay que decir algo”. Me refiero, por supuesto, a Robin Hood (Ridley Scott, Universal Studios, 2010). Sólo una advertencia: lo que escribo aquí es simplemente mi opinión, y además no estoy seguro de que las cosas hayan sucedido tal como las cuento, son suposiciones mías a partir de lo que vi.

La cosa empieza torcida desde el principio. Una película tendría que surgir de una idea buena, de una inspiración (que también puede -y debe- buscarse, trabajarse), como ocurrió con la otra película protagonista de este post, Gladiator (Ridley Scott, Universal Studios, 2000). Por cierto, en Latinoamérica se tradujo, Gladiador, y que no me vengan con que el orginal está en latín y no en inglés. A lo que iba, Gladiator surgió cuando el productor vio un cuadro de un emperador romano con el clásico gesto del puño cerrado con el dedo pulgar extendido, disponiéndose a decidir la muerte de un gladiador. Ese fue el principio de una cadena de inspiraciones que entroncó con la fórmula universal del héroe que surge del pueblo y se enfrenta a un poder despótico, en esta caso encarnado en el personaje del egocéntrico Cómodo. El resultado lo conocemos todos: un éxito taquillero y cinematográfico y una de las películas más aclamadas de los últimos años.

¿Qué siguió? “El productor mató al guionista”. El cine es una industria y por tanto el fin económico es fundamental y, en concreto, en Hollywood es el que más pesa. Así, después del éxito de Gladiator, se buscó repetirlo. ¿Qué hacer? Se llegó a plantear una secuela de la película; algo complicado porque, como recuerda todo el mundo, Máximo muere al final. Se pensó en hacer una película situada en sus años como general del ejército romano, pero faltaba esa motivación de éxito, esa trama del héroe contra el poder del malo (una fórmula universal, como ya he dicho, pero que justo por ser universal permite conectar a todo ser humano con la historia, como seguimos conectando con los libros buenos de todos los tiempos). Sin embargo esa fórmula sí que estaba presente en otra historia: la leyenda de Robin de Longstride y su lucha contra el poder corrupto de Juan Sin Tierra en la Inglaterra medieval.

Y ahí es donde Ridley Scott y los productores meten la pata: si nos ha funcionado una vez, intentémoslo de nuevo. Pero lo hacen intendando calcar el producto anterior, y se lanzan a vestir a Máximo al estilo medieval y convertirlo en Robin Hood. Y el rey Juan es también un triste remedo del Cómodo inmaduro, irascible, falto de piedad (la virtud que lleva a respetar y a amar a los padres) y ambicioso. El viejo Sir Walter recuerda también demasiado al gran Richard Harris interpretando a Marco Aurelio, y tantos otros calcos. Por no hablar de los anacronismos buscados con la idea de asemejarse a una película de acción de nuestro tiempo: portones que estallan con grandes explosiones, barcos franceses al estilo “desembarco en Normandía” o esa escena increíble en que Ricardo Corazón de León es herido en la garganta con una estaca y su hombre de confianza se limita a gritar a sus soldados: “iun médico, que venga un médico!”, como si esperara que viniera un joven soldado con la cruz roja en el casco.

En fin, creo que nos vamos cansando de fórmulas cinematográficas repetidas, y de tener la sensación de ya haber visto eso antes y de saber exactamente qué es lo que va a pasar. Abramos paso a historias distintas. Porque hay muchas y muy buenas, basta ver a los chicos de Pixar… pero de eso ya hablaremos en otro post. Y sí, me he quedado a gusto.

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