No sé si les pasará a ustedes (y feliz año), pero mi personaje favorito muchas veces es el villano. No soy mucho de ver series -muy a mi pesar, pero en esta vida hay que optar- pero estos días he visto la primera temporada de Downton Abbey. Tremenda fotografía y ambientación, pero vamos a lo nuestro: el guion. Encuentro a los personajes bien construidos, aunque no deje de haber un planteamiento algo maniqueísta en el reparto: esos buenos tan buenos (sin ir más lejos, Lord Grantham y su mujer: un matrimonio de conveniencia que han terminado por amarse y ser una especie de jueces de paz por encima de toda la familia y sirvientes, o Bates, cuyo sentido kantiano de la bondad y el deber pueden llegar a desesperar) y los malos malísimos (sobre todo el lacayo Thomas, al que va dedicado este post). Salvan esta situación de claroscuros algunos personajes como Mary -la hija mayor, inmadura y confundida, a veces cruel pero en el fondo, lo intuimos, buena- o la Condesa Viuda de Grantham, deliciosamente interpretada por la genial Maggie Smith.

Sin embargo, quería centrarme en el personaje de Thomas, un villano -quizá el peor de todos los que hay en la serie- sin sentimiento alguno de culpa (al menos en la 1ª temporada), y quería centrarme en él por un simple hecho: es homosexual. Esto me llamó mucho la atención porque es conocido -y si no, al menos notorio- que desde finales de los 80′s y principios de los 90′s, poderosos lobbies gays intervenían fuertemente en el mundo del entretenimiento para presentar a los personajes homosexuales como los más atractivos humanamente: los más inteligentes, los más comprensivos, los más divertidos, etc. Basten los ejemplos del amigo de la protagonista de La boda de mi mejor amigo en cine, o de Will y Jack en la serie Will & Grace en televisión.

Por eso me parece interesante que en una serie el villano -que el espectador tiene que percibir como negativo- sea homosexual. Un “alma atormentada”, como lo describe Mrs. Patmore. Obviamente no pienso que los homosexuales sean malos -de hecho malo no es nadie, y en cierto modo todos lo somos- pero tampoco son por definición siempre buenos y víctimas  como a veces la corrección política nos quiere dictar. Thomas no es malo por ser gay, pero -si han visto la serie- el principal conflicto de la 1ª temporada viene a raíz de las circunstancias en que muere el caballero turco Mr. Pamuk, que son consecuencia de que Thomas se le insinuara. No hablamos pues de que tener una preferencia sexual u otra sea bueno o malo -yo hablaría de natural o no natural, más bien- sino de actos que tienen consecuencias, como lo tuvo este de Thomas. ¿Ya no existe, pues, la presión que llevaba a mostrar siempre a estos personajes como lo mejor de lo mejor?, ¿o han conseguido mostrarse como algo tan habitual que nos resulta lógico que los haya también entre los villanos? Interesante ver una vez más los intereses que hay en cualquiera que sea consciente del poder de la ficción.


A Chita, en el día de su muerte

Los hombres somos muy malos. Y es importante que nos lo recuerden con frecuencia, no nos vayamos a creer buenos. Y como ya ha perdido crédito todo lo que antes nos lo recordaba (la ética, la moral, la religión, los Reyes Magos que ya nunca traen carbón) Hollywood ha tomado el relevo y se dedica a recordarnos lo malos que somos.

Botón de muestra: Rise of the Planet of the Apes (Rupert Wyatt, 2011). Gracias a la ciencia –y a un científico imprudente como pocos y sentimental como muchos- un mono se ha vuelto muy listo, muy listo. Y le han dejado a mano un virus que hace a los monos listos y mata a los hombres. Sí. Hasta ahí de acuerdo, ¿qué esperábamos si no eso cuando vamos a ver algo que se llama “El origen del Planeta de los simios”? Todos sabemos que tenemos que acabar pisados por los recién espabilados primates.

Si el problema no está ahí. Lo único es que yo pensaba que debía asustarme la idea de que los monos se nos rebelen, pero no… Mire usted la película y dígame de qué lado está: los humanos, ya lo he dicho, somos malos; encerramos a los monos, les hacemos daño, etc. Los monos son buenos, ellos no matan (ni siquiera a los malvados humanos), se sacrifican unos por otros, lloran sus pérdidas (la escena de la muerte del gorila es de lagrimilla total), ellos solo quieren irse a casa… Y así uno se encuentra en el clímax de la película regocijándose ante la muerte de tantos humanos malos, y deseando con todas sus fuerzas que se mueran ya de una vez y dejen libres a esos pobres monos… Un momento –podría algún valiente decir, sustrayéndose al enorme poder persuasivo de la pantalla- ¿pero no soy yo un humano?, ¿por qué estoy aquí celebrando la aniquilación de mi raza? ¡Malditos monos!, ¡encima que les hemos dado inteligencia!

Pero sería inútil. La postmodernidad ya nos lleva demasiada ventaja como para pensar lo contrario. O eso o esta película se ha estrenado más tarde de lo que creíamos y las salas de cine estaban llenas de monos que ya lo controlan todo. (Reconozco que este final homenaje a la original Planet of the Apes me encanta).


Para los que no son de la zona el título les puede sonar poco navideño. Pero les aseguro que lo es (o pretende serlo). Para algunos el nombre citado es una entrañable (aunque reciente) tradición, para otros un triste signo de los tiempos. A mí me parece francamente divertido, aunque no sé si es de esos casos en que uno ríe por no llorar.

Las tierras vasco-navarras, en un intento de originalidad cultural navideña, recuperaron (no diré “se inventaron”, pero casi) a un curioso personaje: Olentzero (omito el artículo, porque el euskera ya lo incluye, ¿qué tal? Así aprendí a reconocer a los de esta zona, porque hablan de Osasuna y no de “el Osasuna”; así pues, Olentzero y no el olentzero). En una frase, Olentzero es un carbonero de las montañas, un poco sucio, con costumbres ermitañas y normalmente ebrio (en esto todas las tradiciones coinciden, bart arratsian edan omen du bost arruako sagia, cantan los niños) que trae los regalos en Navidad, para ahorrar trabajo a Santa Claus y a los Reyes Magos en esta zona. Buceando en Wikipedia uno descubre que la figura se ha debatido entre lo amable y lo terrorífico (cito: “en algunas partes se creía que venía con una hoz a cortar la cabeza de los niños”). La tradición cristiana lo ha llegado a asumir como un mensajero de la buena nueva navideña. Y sí, quizá tenga raíces de siglos, pero es innegable que últimamente se le ha potenciado por aquí como un elemento navideño que sustituye gran parte de los símbolos cristianos. Y bueno, los Reyes Magos no serán de Lesaka como Olentzero, pero al final la Navidad es lo que es, ¿no? (Parece que en muchos sitios hoy en día la Navidad no es lo que es y nos dirigimos a un sinsentido estival… pero oye, mientras vendan regalos).

En fin. Lo de Mari Domingi ya es la guinda (o cereza si prefieren). Algunos ojos postmodernos no han tenido suficiente con esta vasquización de la fiesta y les parecía que la figura de Olentzero no promovía la igualdad, por aquello de que es varón. Y se han inventado (aquí ya lo diré, le pese a quien le pese) a su mujer, o novia, o pareja (no hay que ofender a nadie, recuerden) que es la pastora Mari Domingi. Tremendo. Aunque quizá ahora salte más gente reclamando que no se les toma en cuenta en esta tradición. Y quizá terminemos descubriendo que Mari Domingi es un transexual. Yo espero que no, pero, chico, al paso que vamos… Y perdón por el tono, estoy un poquito exaltado.

Zorionak eta urte berri on, de todo corazón.


Nota: a diferencia de (casi) todo lo que publico en este blog, este post no tiene como fin transmitirles algo, queridos lectores potenciales, sino que es una reflexión más bien para mí. Con plasmarlo su objetivo está cumplido, pero si quieren leerlo, adelante.

Ayer tuve la oportunidad de hacer un ejercicio interesante. Vi por segunda vez esa gran película de Tim Burton que es Big Fish (2003). La había visto por primera vez hace unos siete años y puedo decir que mucho ha cambiado desde entonces. En su día la disfruté mucho, pero ayer entendí y compartí muchas más cosas.

El tema que con diferencia he aprendido a valorar más es el de las historias. Eduard Bloom –el protagonista– es un hombre que fundamentalmente cuenta historias. Algo que hace años no me cautivó ni mucho menos. Una carrera de Filología Hispánica y (a falta de un semestre) otra de Comunicación Audiovisual después, las cosas se me muestran muy distintas. Big Fish nos habla de las historias, de cómo, en definitiva, somos nuestras historias. Compensa pensarlo: a la pregunta “¿quién eres?” toda respuesta mínimamente completa exige, al menos, una historia, cuando no varias. Habla también de cómo la ficción nos muestra el verdadero sentido de nuestra vida; en el precioso final de la película, la muerte real de Eduard Bloom es la que su hijo le cuenta, la de ficción, y no la empíricamente comprobable, por decirlo así.

Podría hablar de ficción y verdad toda una vida –y he de decir que me gustaría hacerlo–, pero no es el objetivo de este post. Al ver esta película con una nueva perspectiva y al final de este año, quiero pensar que completo un pequeño ciclo. En el 2012 pasarán cosas. Termino mis años universitarios. Y me gustaría enfrentarme a lo que sea que venga como Eduard Bloom al irse de Spectre, ese pueblo ideal del que nadie quiere irse. Sabiendo que siempre es mejor andar hacia delante:

- This town is more than any man could ask for. And if I were to end up here, I would consider myself lucky. But the truth is, I’m just not ready to end up anywhere.
- But no one’s ever left. How are you gonna make it without your shoes?
- Well, I suspect it will hurt. A lot. Now, I’m sorry, but… well, goodbye.
- You won’t find a better place.
- I don’t expect to.

Feliz Navidad. Feliz 2012.


Cuando el frío se cierne sobre Pamplona, muchos comprendemos que la gente del norte sea a veces tan taciturna y poco dada a la fiesta. Al parecer -lejos de mí generalizar- se muestran también bastante sórdidos en cuanto al crimen. Y no hablo del caso real de la matanza que llevó a cabo el noruego Anders Breivik el pasado verano, sino de la ficción. Lo confieso, este post -como todos los míos: tardío, aperiódico, demasiado extenso y patoso, fiel reflejo de la procrastinante naturaleza humana-, surge de dos series de novelas criminales de autores nórdicos adaptadas recientemente a miniseries/películas. ¿Por qué? No sé. Hace frío.

Henning Mankell (Suecia, 1948) es el autor de las novelas que tienen como protagonista al inspector Kurt Wallander. Del acabado de Kurt (quien lo conozca entienda) se han hecho ya bastantes películas y alguna serie. Lo último -y lo único que yo he visto- es la miniserie de la BBC en que Wallander es felizmente interpretado por Kenneth Branagh (quizá tanto crimen le afectó hasta tal punto que le dio por dirigir Thor, o por razones que nunca entederé). Una bella fotografía, un formidable Branagh en pantalla y paisajes suecos (dan ganas de ir, salvo por el frío… y los asesinos psicópatas, pero de esos hay en todos lados).

El otro caso es quizá más interesante. Uno de los últimos fenómenos del bestseller -me resisto a lo de “superventas”, perdón RAE- es la saga Millenium del también sueco Stieg Larsson (1954-2004). Le echaron el ojo David Fincher -que viene crecidito de La red social y El curioso caso de Benjamin Button- y el productor Ceán Chaffin y han apostado por una película que, por cierto, se estrena (al menos en EE.UU.) la próxima semana y que los productores han guardado celosamente: pidieron a los críticos que no publicaran nada aún y el fenómeno de David Denby se ha adelantado, ante el furor de los productores y los demás críticos. Recomiendo el artículo del NYTimes que recoge la anécdota. Total. Quizá lo más interesante de esta película (en América bajo el nombre de The Girl With the Dragon Tattoo y en España con el nombre de los libros, o sea, Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres) sea la actuación de Rooney Mara (la novia de Zuckerberg en La red social), totalmente transformada en el papel de Lisbeth Salander (que rima con Wallander…). Salander es una joven hacker con un look peculiar que, junto al periodista Mikael Blomkvist (Daniel Craig), investiga unos curiosos asesinatos relacionados con el machismo y la violencia de género, algo que ella lleva en su propio pasado (véase el título en español; por cierto, hay varias escenas bastantes brutas al respecto, una pena por aquello de la elipsis delicada y esas cosas que hace el buen cine).

En fin, que estas historias suecas van triunfando por el mundo entero, a pesar de ser bastante sórdidas, todo sea dicho. Supongo que lo del crimen y la violencia es tan universal que funciona. Y supongo que cada vez hace más frío y entendemos más a esos nórdicos locos que matan, y a los otros también, digo a los que investigan y los persiguen. Sea.


Sí. Un alto porcentaje de los posts de este blog son disculpas y/o justificaciones por escribir tan poco. Pero bueno, tendrán que reconecerme que al menos intento decir algo interesante de paso. A ver si esta vez lo consigo.

Si en los últimos tres meses solo he publicado tres tristes posts (lo de tristes es un decir, son tremendos, ¿a que sí?) no es que haya tenido una especie de revelación para apartarme del mundo online y volverme un ermitaño desconectado (como tantos usuarios de Blackberry se han visto forzados a ser en estos días). No ha sido así, pero ya podría: he estado online, y más online que nunca. ¿Y dónde? Pues nada más y nada menos que en Twitter. Un universo fascinante, con preciosas e interesantísimas mini-dosis de información, suculentos links, chistes acertados, noticias sorprendentes e inmediatas y un montón de gente por la que puedes saber cosas sin tener que embarrarte de su intimidad como te pasa en Facebook, por ejemplo.

La cosa ha calado. Un verano y un inicio de curso con un saldo de 617 tweets y 102 followers. Quién lo diría. Hay quien reconoce las ventajas de Twitter: efectivamente, además del panegírico que he hecho en el párrafo anterior, reconozco haber incrementado mi siempre necesaria capacidad de síntesis y me siento más actualizado que nunca. Sin embargo, otro proceso se ha ido desarrollando en mí: cada vez me cuesta más la capacidad de concentrarme y de desarrollar un texto de corrido, sin distracciones. ¿Por qué si no habría dejado de escribir en el blog cuando he sacado tiempo para 617 tweets? Cada vez que pienso en desarrollar un tema, una idea, en el blog, me invade la humanérrima pereza y prefiero “retuitear” algo interesante o divertido, o “tuitear” alguna frasecilla presuntamente inteligente. “No es nada”, pensaba yo, “un hábito malo más a erradicar que tengo que sumar a la lista”, pero grande fue mi sorpresa cuando me vi así retratado:

Lo que la Red fomenta son rápidos cambios de atención, rápidos vistazos entre la abundancia de información y mensajes disponibles; y a la vez disuade del pensamiento concentrado y contemplativo. Estamos tan ocupados buscando e intercambiando informaciones, que tenemos muy pocas oportunidades de estar a solas con nuestros pensamientos, de pensar en profundidad en ideas individuales, en hilos de ideas, en historias o en experiencias.

Quien esto dice es Nicholas Carr, un prestigioso columnista y escritor estadounidense a quien le pasó lo mismo que a mí (pero a mucha mayor escala, quiero pensar) y se encerró en una cabaña (muy gringo todo) para reflexionar sobre el asunto y escribir The Shallows. What the Internet is Doing to Our Brains, traducido en español como Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011). Efectivamente, estamos perdiendo capacidad de concentración, pero quiero pensar que el futuro no es tan negativo como lo pinta Carr en la entrevista para la excelente revista Nuestro Tiempo que desencadenó este post. Creo que es cuestión de educar hábitos -como casi todo en esta vida- y saber desconectar lo suficiente para conectar mejor: esforzarse por leer (también fuera de una pantalla), por no cambiar de ventana constantemente, por ver menos Facebook o Twitter solo por el gusto de saber que aún tenemos el señorío sobre ellos y no al revés. No es idea mía, es interesantísimo el concepto de slow communication que John Freeman ha lanzado y que da en el blanco con este asunto. Por mi parte lo estoy intentando y difundiendo, y a ver si en el blog se nota, que el propósito de enmienda es siempre un buen modo de terminar (y de empezar).


A ningún lector de El guiñol -¿los hay, acaso?- le sorprende una crítica de cine desfasada, o sea, que no es de un estreno. Esta no es la excepción porque voy a hablar de Hævnen (Susanne Bier, 2010), esa genial película danesa que ganó el Oscar a mejor película extranjera y que alguien tradujo en inglés y español como In a Better World/En un mundo mejor. Dos niños, dos familias. Christian acaba de perder a su madre y lleva una mala relación con su padre, lo que le lleva a reaccionar de modo violento ante la vida. Con Elias todos se meten en el colegio y su padre trabaja como médico en un campamento social en África. Christian, recién llegado al pueblo, defiende a Elias en el colegio, lo que marca el inicio de su amistad.

Esta película me atrapó no solo por la bella y cuidada fotografía, ni por la sugerente y acertada banda sonora, sino por el modo sutil (toque femenino, quiero pensar, de la directora) en que plantea el tema de la violencia. Se ve en la vida del médico protagonista -interpretado maravillosamente por la estrella danesa Mikael Persbrandt- por el dilema que tiene con la figura del violento cacique africano pero, sobre todo, por su modo de reaccionar (o de no reaccionar, más bien) ante el energúmeno que lo agrede por separar a sus respectivos hijos pequeños mientras peleaban.

En mi infancia siempre fui partidario de la no-violencia, principalmente por mis pocas posibilidades de salir vencedor, pero esto me llevó a la misma conclusión que a Anton, el médico: el que recurre a la violencia es idiota, y es él quien sale perdiendo, por mucho que su agresión no sea respondida. Pero está claro que mucha gente, y Christian entre ellos, no piensa así. Y una venganza -hævnen en danés, palabra que da el título original a la película- se ve como necesaria.

Resulta muy actual que las películas planteen distintas situaciones y dilemas sin dar una solución monolítica. Aquí se nos muestra magistralmente la relación entre padres e hijos y los sufrimientos de unos y otros. Está claro que la violencia no es el camino, pero muchas veces parece la única salida posible -véase la escena final del personaje de Big Man aquí, o el final de Gran Torino, por ejemplo-; sin embargo, la amistad y el amor siempre se muestran como los caminos más satisfactorios aunque no parezcan los más eficaces. Hævnen es, a mi modo de ver, una de las mejores películas del año, tanto en su forma como en su contenido, que te atrapa, te tensa y te toca por dentro, porque es humana, porque los hombres somos así.


Guernica (1937), Pablo Picasso

Mañana se cumplen 30 años de la vuelta del Guernica de Picasso a España (Franco lo había mandado a un tour un poco largo por Nueva York). Sobre el origen y la inspiración de este cuadro emblemático del pintor malagueño y de España -y empuñado especialmente por el bando vencido en la Guerra Civil Española- se han dicho muchas cosas. La historia oficial es que Picasso lo pintó porque se lo pidió el gobierno republicano en plena guerra (1937). Es un hecho que se lo pidieron y entregó ese cuadro, pero hay teorías que dicen que ya lo tenía de antes y lo adaptó a lo que se le pedía; esto es, que no nace del “horror” por el bombardeo del bando fascista en la ciudad vasca de Guernica. Yo escuché esto por primera vez este verano y lo he visto más desarrollado en una entrada de un blog, ahí queda por si interesa.

Me quería parar un poco en la inspiración formal, digamos, del cuadro. A mí me enseñaron en clase de Arte que estaba basado en otro cuadro: Los horrores de la guerra, pintado por Rubens en 1637. Si uno lo ve -y lo analiza- son básicamente las misma figuras, reinterpretadas, y claramente con la compisición invertida. Juzgue usted mismo:

Los horrores de la guerra (1637), Rubens

El diario El País ha publicado un interesante artículo en el que el director de fotografía español José Luis Alcaine expone su teoría de que el cuadro en realidad está inspirado por una secuencia “expresionista” dentro de una película de Hollywood de 1932: A Farewell to Arms, basada, por cierto, en una novela de Hemingway. Se trata de una secuencia de éxodo a través de una carretera, que aparentemente tiene muchas semejanzas con la obra de Picasso. En ambas es de noche (el bombardeo a Guernica fue durante el día), el movimiento es de derecha a izquierda… Independientemente de los evidentes huecos de la teoría de Alcaine, me gusta el hecho de que haya sabido interpretar el cuadro con sus ojos de cineasta, pues -como él dice- el Guernica es “un collage que tiene mucho de montaje cinematográfico, de planos y primeros planos”.

Todo esto es una prueba más de la riqueza que tiene toda obra artística, de cómo puede ser reinterpretada una y otra vez y con diferentes ópticas, y de cómo cobra “vida propia”: aunque Picasso lo hubiera hecho cinco años antes y basándose en un cómic de baja calidad o lo que se quiera, eso no le quitaría la fuerza y la influencia que esta obra ha tenido y tiene en la historia y en las ideologías. Así es el arte, y así es la historia.

[Atención: este es un intento de darle un "nuevo aire" a El guiñol con entradas más cortas (no como ésta, ya lo sé) y, si Dios quiere, más frecuentes. Al fin y al cabo nadie lo lee, pero bueno]


Atropellados

07jul11

Creo que el cine me ha ocasionado un trauma. O varios, pero supongo que de la mayoría no soy consciente. Del que hablo ahora es que, de unos años para acá, siempre que en una película el personaje cruza la calle, encojo las piernas en el asiento esperando que sea brutalmente atropellado.

Y no estoy loco. Parece que una de las nuevas tendencias (sin importar el género de la película) es sorprender a la audiencia con este “toque” tan inesperado. Quiero pensar (y así pongo un clarísimo ejemplo) que una de las películas pioneras en esto fue Meet Joe Black (Martin Brest, 1998); sí, esa en la que Brad Pitt interpreta ni más ni menos que a la Muerte (aka Joe Black). Por cierto, gran película. Pero bueno, he aquí el contexto: chico conoce chica. En una cafetería. Risitas tontas y comentarios acertados. Están enamorados. Salen y se despiden: van en direcciones contrarias. Ella se gira y él no está mirando. Ahora él se gira: ella no está mirando. Ella se gira de nuevo. Después otra vez él. Uno espera en ese momento todo. Todo. Menos esto:

Por cierto, la primera vez que vi esta película, con mi hermano, nuestra reacción fue reírnos a carcajadas. Mi mamá nos regañó por reaccionar así de insensiblemente, y desde entonces ya reacciono de otro modo ante estos “atropellos”, pero ahí siguen: no hay más que ver los momentos cruciales de La vida de los otros (Das Leben der Anderen, Florian Henckel von Donnersmarck, 2006), una de mis películas favoritas; o de Hereafter (Eastwood, 2010), de la que hablé en el post anterior; o del final de The Ghost Writer (Polanski, 2010). En fin, hasta hay un grupo en Facebook, con eso lo digo todo.


Hay muy pocas seguras en esta vida. Una de ellas es que se acaba. Sí, la propia vida: todos nos vamos a morir. Me acuerdo que cuando leí La Regenta me identifiqué con una actitud de mi personaje favorito, don Víctor Quintanar, el cándido marido de Ana Ozores. El bueno de don Víctor pensaba muy en el fondo que él no se iba a morir. No digo que yo piense eso, pero todos somos el protagonista de nuestra propia vida, y no tenemos la experiencia del final de la película, por lo que ese final nos resulta tan poco familiar que puede ser hasta inverosímil. Y además (y sobre todo): nadie quiere pensar en eso.

Ahí es donde ha entrado Clint Eastwood con su Hereafter (2010), planteando el tema de la muerte directamente. A otro director no se le habría consentido esto, pero Eastwood ya es amo y señor de Warner Bros. y medio Hollywood… Pero a lo que iba. No me gustó mucho cómo enfoca las cosas la película. En cuanto a este tema (la muerte) creo que su único mérito es justamente plantear el tema. Todo lo que hace a partir de eso me sabe a poco. También es porque al verlo como una persona con fe, me resulta un poco ridículo ver a la gente acudiendo desesperada a George (¿por qué Matt Damon, a todo esto?) para saber cualquier cosa de sus seres queridos que han muerto. Lo curioso es que Eastwood (o el guionista Peter Morgan) también ridiculiza a algunos de estos “parapsicólogos”, pero también a la religión: le basta con un par de videos en YouTube que ve el pequeño Marcus para decirnos que la religión no sabe de esto.

En fin. Una “conspiración del silencio” dice Marie -otro de los personajes- que hay en torno al tema de la muerte. Y en cierto sentido es así. Pero es un tema que a todos, todos, nos implica muy de cerca. Clint Eastwood lo sabe, a ver si los demás también nos ponemos y buscamos respuestas.